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Amelia era una mulata de caderas amplias y nacientes pechos. Su rostro marcado parecía tallado con un punzón de punta muy fina y su nariz fileña destacaba en su sangre la misma de los negros danubianos que ya se perdieron entre tanta mezcla de razas.
Amelia era la hija del carnicero. La primera vez que la ví aún jugueteaba entre muñecas despeinadas y cuchillos llenos de sebo sin darse cuenta que poco a poco en ella se cultivaba el aroma de una seductora inminente.
Años más tarde todo el pueblo vería como de repente la inocente niña se convertía en el atractivo principal de la Calle de la Bondad mientras de manera ágil despedazaba un pernil entero con solo dos tajos de su hoja.
Yo era su cliente más puntual. Cada mañana sin falta compraba cuatro libras de morrillo duro para Francisco y Leandro, el par de Gran Daneses que desde tiempos inmemorables cuidan la casa de mis abuelos, donde aún hoy vivo.
Entonces un día quise ganarme su oído aprovechando las frases furtivas que aprendí a componer en mis tiempos de pícaro.
Los amores con Amelia eran celestiales. Cada bocanada de aire que le sentía tomar, siempre de manera tímida al principio y de manera feroz al final, era como una borrachera siniestra que embrujaba mis sentidos.
El ser su dueño me devolvió muchos años de juventud, pero me quitó dos dedos de la diestra. Lo cierto es que ahora cada palabra que mi pluma talla sobre el papel lleva su marca, la de aquella niña que un día jugó con muñecas y que al otro día ya era una bacante sacrílega.

