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Amelia era una mulata de caderas amplias y nacientes pechos. Su rostro marcado parecía tallado con un punzón de punta muy fina y su nariz fileña destacaba en su sangre la misma de los negros danubianos que ya se perdieron entre tanta mezcla de razas.

Amelia era la hija del carnicero. La primera vez que la ví aún jugueteaba entre muñecas despeinadas y cuchillos llenos de sebo sin darse cuenta que poco a poco en ella se cultivaba el aroma de una seductora inminente.

Años más tarde todo el pueblo vería como de repente la inocente niña se convertía en el atractivo principal de la Calle de la Bondad mientras de manera ágil despedazaba un pernil entero con solo dos tajos de su hoja.

Yo era su cliente más puntual. Cada mañana sin falta compraba cuatro libras de morrillo duro para Francisco y Leandro, el par de Gran Daneses que desde tiempos inmemorables cuidan la casa de mis abuelos, donde aún hoy vivo.

Entonces un día quise ganarme su oído aprovechando las frases furtivas que aprendí a componer en mis tiempos de pícaro.

Los amores con Amelia eran celestiales. Cada bocanada de aire que le sentía tomar, siempre de manera tímida al principio y de manera feroz al final, era como una borrachera siniestra que embrujaba mis sentidos.

El ser su dueño me devolvió muchos años de juventud, pero me quitó dos dedos de la diestra. Lo cierto es que ahora cada palabra que mi pluma talla sobre el papel lleva su marca, la de  aquella niña que un día jugó con muñecas y que al otro día ya era una bacante sacrílega.

Fuerza Oculta.

Tus caderas moviendose al compás de tu deseo y de mi deseo, fuerza, la música de tus gemidos, tus sonidos, un sueño, tu instinto animal y mi fuerza oculta, tus gemidos, tu trance y el mío, nuestro sudor y tu sexo, como la playa, cálido y húmedo, aire, fuerza, tu aliento y mi aliento.

Vueltas, sudor, tu espalda, canal y rios de sudor, rios de placer, piel de puntos, olor, olor a fuerza, tu cabello y ese olor mágico como a dulce de mora, tus hilos dorados, nuestro cuello, mi cuello y el tuyo, susurros mágicos.

Más vueltas. Mis dedos juguetean por todos tus campos, mi amada, que eres como la primavera de la que hablan, con tus montañas de vainilla con cimas coronadas de chocolate, dulces y duras, dífíciles de alcanzar, temblores, te retuerces, nos retorcemos los dos… faldas de montañas, valles de algodón y un foso que sabe a dulce de guayaba.

Tu calor… trance de colores, horas eternas, noches eternas de intensos matices de gris con vetas ocasionales de fucsia y azul cielo. El cielo…

Abril de 2007.

 

El Cofre, ilustración de Marilyn Peña Zuluaga

El Cofre, ilustración de Marilyn Peña Zuluaga. Técnica: Acuarelas, colores Prismacolor y lápiz.

Tu boca, perfecta como las nubes en cada movimiento al hablar seduce y cada palabra, cada sonido de tu voz es un murmullo que el viento con delicadeza lleva para que no se rompa. La blancura de tu piel, solo interrumpida por las negras olas de tu cabello y tu cabello como seda y como las noches de soledad que duermen conmigo.

Tus manos y tus dedos, que acarician con dulzura hasta las espinas haciendo reverdecer el tallo y enrojecer las rosas, timidamente, pero sin igualar el carmín de tus labios, salvajes pero dulces, pero inalcanzables.

Tus maneras, naturales y elegantes, tu porte de potranca decidida que hace que cada hombre que te mire sea un bándalo insoltente poco merecedor de tu compasión, ni siquiera de una de tus miradas, mas sin embargo tú, lo miras con ternura, porque pareces no saber odiar y el odio para ti parece no existir.

Tu mirada, inexpresiva aparente, dulce en lo más profundo, provocadora de mí, provocadora de estas líneas atrevidas que escribo para no olvidarte y recordarte cada vez que como un tesoro las lea, confesor de lo adicto que fuí a mirarte y conocedor de la tristeza que me embarga al marcharme.

 

Bogotá, noviembre de 2008.

José Daniel Paternina

Es escritor aficionado, fotografo new-wave y estudiante de ingeniería de sistemas.

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