el-diablo-ilustrado-editora-abril-acuarela-de-jose-luis-farinas

Es imposible no ver a Dios en el perfecto sistema que somos, en el perfecto sistema en el que vivimos y en el perfecto mecanismo de nuestro pensamiento.

Cuando nacemos somos como ángeles dotados de alas, listos a llegar muy alto o a caer muy bajo.

Cada quien es la mayor prueba de si mismo. Adentro está el verdadero y único enemigo. Ese enemigo crece con el tiempo adentro de la cabeza, llenándola de telarañas y atrofiando nuestras alas. Nos hace humanos. Lamentablemente, mientras él crece somos muy inocentes para notarlo. Entra por los sentidos y se acomoda con sigilo en el complejo mundo de la conducta, nubla las percepciones y se aprovecha de nuestras edades más inciertas para tratar de llevarnos al infierno.

Entonces se hace necesario despertar. Es el momento más difícil de la vida, y al parecer nunca termina. Es un ejercicio que necesita inspiradores y motivo. Cada quién tendrá los suyos propios, un amigo, un padre, un hermano; una tragedia, una alegría, una tristeza, quien sabe. Sin algo así, seremos empujados a través de la corriente, de las personas, del azar. Y eso definitivamente no es bueno, porque como todo en el azar, el resultado es incierto.

Mi padre me dice a menudo que lo único seguro en la vida es que si se quiere conseguir algo el camino correcto es el esfuerzo, el sacrificio y la disciplina. ¿No es lo mismo acaso que nadar en contra de la corriente, en contra del azar?

Musas que me inspiran, no dejen de inspirarme. Tierra que me mantienes vivo, ayudame a despertar sonriente cada mañana. Camino, muestrate claro. Muerte, esperame lejos. Vida, sonríeme.

cancer

Cada vez que me acuerdo de la palabra microscopio me devuelvo muchos años al día en el que conocí el cáncer. Me pareció que era como un árbol triste y seco. Sin sol por detrás, pero con un halo inmenso producido por la luz del instrumento. Un paisaje exótico, interminable de ver, un atardecer árido.

También recuerdo a mi madre, que con cariño me pedía que me apartara porque tenía te trabajar, y luego sus manos olorosas a Látex me acariciaban el pelo y yo me apartaba.

Ese recuerdo está grabado con fuego en mi mente, y no sé por qué. Ahora que lo escribo, me da la sensación de que esa fue la primera vez que noté que las cosas hermosas pueden producir dolor. Como el preámbulo de una serie de axiomas sobre la vida, los que se aprenden sobre el camino y que toca descubrir por uno mismo. Pero no es tan grave en últimas, hasta con las rosas pasa lo mismo.

Es más grave cuando te sientas y no puedes tocar el suelo porque la silla está alta. Como las primeras veces que fui a la peluquería. No sabía que querían hacerme. Yo solo veía señores con la manos llenas de tijeras y cuchillas. Y mi abuelo sentado en el sofá de más allá, leyendo el periódico mientras el pánico me consumía de a poquitos. Y luego, silencio. Y el sonido del metal, pero no había dolor.

10gatos

Soy un roble de monte y esta es la historia de cómo me enamoré de Alexandra, una gata persa que venía de vez en cuando.

Un día, después de florecer, Alexandra la gata persa se me acercó. ¿Qué haces, gata?, quise preguntarle. Ella, con poca prudencia y mucha decisión sacó de sus patas un juego de garras, y con muy poco decoro, me rasgo. Una vez, dos veces, tres veces, ya no se cuantas, pero fueron muchas. Fue algo nuevo para mí. Nunca me había arañado una gata. Me han orinado perros, eso sí, y hasta me han golpeado carpinteros agresivos, pero nunca me había arañado una gata.

Una tarde, Alexandra la gata persa, volvió. Esta vez no venía sola. Detrás de ella había una manada de gatos sedientos, cegados por la necesidad natural de conservar sus genes en la historia natural del planeta. Eran muchos. La gata indefensa, sin saber que hacer, corrió y huyó entre los matorrales. Pero en la noche regresó. La vi venir despacio, celando su espacio, vigilando cada salto mientras que de salto en salto se acercaba a mí. Y seguro pasaría de largo, pensé. Pero algo la hizo quedarse a dormir en mis ramas, en una noche espléndida. El viento de la noche con suavidad arrancaba de mis ramas las flores que de mi se desprendían, rosa pálido, mientras Alexandra, con su pelambre blanco y brillante ronroneaba disfrutando de su calma.

Al amanecer, Alexandra despertó entre mis ramas. Se estiró, abrió sus ojos y me mostró su bocaza abierta de par en par, para luego sentarse. Supe que Alexandra sería la criatura más audaz que conocería en mi vida cuando noté que se quedó quieta, depie en una de mis ramas, pero congelada cual glaciar del polo. No hacía movimiento, no musitaba sonido. Hasta el viento le temía, y ni siquiera su pelaje se movía ya. El silencio reinó mientras sus pupilas rasgadas se movían con cuidado hacia un nido cercano. Estuvo paralizada por más de un minuto cuando de pronto cual resorte saltó y más rápido que el rayo tenía en su boca un pájaro rojo que no tendría tiempo ni de saber qué se lo comió. Pobre pájaro.

La gata persa se fue. Estuvo lejos de mí por algún tiempo, hasta que volví a florecer.  Entonces regresó, tal como la recordaba, predadora seductora. Confirmé que le gustaba mi follaje rosa cuando se quedó a dormir conmigo nuevamente. Pero a media noche, sucedió algo inesperado.

Creo que yo los escuché primero. El viento nocturno trajo a mí los maullidos de bestias feroces, como yo, hijas del monte, gatos que en su vida habían visto gata tan fina como Alexandra, con la balsamina en los cachos aún, cercanos, como demonios, vigilantes y con sus perlas amarillas que los delataban cada vez que la luna se escapaba del abrazo de las nubes; y cada vez que la luna salía los veía mas cerca. Quise despertar a Alexandra antes de que llegaran, pero ya era tarde.

La jauría de gatos del monte estuvo frente a mí muy rápido. Quise defender a mi Alexandra, pero mis ramas no fueron suficientes para darle escondite. Pronto un gato, dos, tres, se abalanzaron sobre mí y saltaron ágilmente hasta el escondite de mi amada, que muerta del susto lucho con sus garras hasta que el número y la fuerza de los gatos le ganó.

La escuche sufrir, la pude sentir en su agonía mientras esos animales indignos la violentaban, uno tras otro, ni con la más mínima idea de decencia corriendo por sus instintos  mientras enloquecidos saboreaban su festín. Los maullidos de desesperación de mi Alexandra hacían que mis raíces quisieran desprenderse de la tierra que me da de comer, pero en vano esa noche fui más grande que mis enemigos y me tuve que tragar mi orgullo de roble de monte.

Cuando hubieron acabado, la ahora triste Alexandra se alejó de mi jadeante, y sin mirar atrás se fue para jamás volver a dormir bajo mis ramas y para jamás hacerme sentir de nuevo su protector. Pobre de mí que me quedé sin mi gata persa, y pobre de ella, pobre Alexandra.

Cereté, Enero de 2009.

Pink Tomate y Lerner

Me pregunto por qué el procesador de textos siempre comenzará con las romanas. Odio las romanas, se creen hijas de la vaca que mas caga por el simple hecho de tener serifas. Pero de veras, en este mundo electrónico el escritor es el que decide que puta letra usa, al contrario del análogo, donde solo puede elegir máximo dos, quizá tres; y que para acabar de componer el baile mutan en el tiempo, en el estado de ánimo, en el peso del bolígrafo, en todo, la relatividad aplicada en su mas leve expresión, que haríamos sin Einstein, genio, por Dios.

Aprovechando el paso por el tema, es inevitable para mi pensar en la macro relatividad, la realidad es que todas las cosas son como caquitas que flotan en espiral en el retrete cuando Dios ha jalado la cuerda, y eso en verdad explica por qué nos mantenemos pegados al piso, etc, que cosa mas seria; y eso de mantenerse pegado al piso es literal y ambiguo, porque por un lado no nos caemos de la tierra en diagonal y por el otro, tristemente, entre mas queso menos queso para el hombre y todas las cosas cercanas a él.

Esa inflexión idiomática, ‘entre más queso, menos queso’ me la contó un amigo que se llama Néstor hace ya muchos años, y serán más probablemente en este momento de relatividad. Cuando me la presentó, no la entendí del todo, tuve que remitirme a mis recuerdos sobre Tom y Jerry para imaginarme el queso amarillo y lleno de huecos, y luego sonreir y decir, ’si, es cierto’. Y valla que es cierto. Más trabajo, menos tiempo para no trabajar; mas largo, menos oportunidad de que alguien llegue al final de tus cuentos y entienda que querías decir al principio; mas música, menos espacio en el disco duro o similares. Y es que una cosa va a amarrada a la otra, sufrir la relatividad entre todos y entre todo, como dicen el tipo de Opio en las Nubes, ‘que cosa más seria’. Otra vez.

Ese cuento, Opio en las Nubes, lo escribió un tipo que se llama Rafael Chaparro Madiedo, el viejo Rafa, de ahora en adelante. La noche en la que la editorial lanzó el libro él se fué a un rincón y se voló la tapa de los sesos con un revolver. Que cosa mas seria, sus motivos tendría el hombre, me pregunto si yo algún día tendré motivos para hacer lo mismo, ojalá que no, no me quiero morir. Todavía.

En Opio en las Nubes hay un gato que se llama Pink Tomate. La verdad, es un nombre muy marica para un gato. Lo bueno es que no es tan trascendental como Garfield, pero solo el nombre, porque el dichoso gato cuenta las cosas como si se hubiera fumado un porro del tamaño de un bate de beisbol. Che, que grande, me imagino ese gato, con ese porrísimo atravesado entre las cejas, y con los ojos metidos en el culo, rojos, satanizados, con un Kilometrico mordido y sin tapa metido entre las pezuñas y escribiendo en una hoja de plátano a las 2 de la tarde.

Por si las dudas, jamás en mi vida me he fumado un porro. Bueno, la verdad es que cuando tenía 17 me fumé dos cigarros junto a una noviecita que tenía en ese entonces, koolitos, como ella les decía, y me pareció un fastidio, como tragar canicas y luego quererlas vomitar, y un frío mediocre atravesado entre los pulmones. En todo caso, si la humanidad no fuera un misterio, no habrían guerras. Entonces, el que quiera fumar, que se fume la plantación entera, pero por el amor de Dios, no me tiren el humo en la cara, que soy asmático desde los 5.

Salud, y viejo Rafa, descansa en paz.

Abril 24 de 2009.

Ilustación: Amalia Satizábal Posada

3432865101_0b7e430b4c_b

Así comienza siempre, una hoja en blanco. Comienza así cuando el contador de historias no escribe para que le lean sino porque si, que tragedia, la enfermedad del escritor. Para esto se han inventado terapias, talleres, cursos de estimulación de la creatividad, bah, lo único que se necesita es un cuento que contar y un motivo que le estimule la cabeza, ojalá. Así que esta será la historia de la mujer de la que el contador de historias se enamoró.

La historia comienza un 2 de abril, en la ciudad fría y gris a la que llaman Bogotá. Eran las 8 de la noche y por la televisión pasaban fútbol. Toda la prole emocionada, porque el equipo nacional le ganaba 1-0 a un cerro de fanfarrones bolivianos. Y a el contador de historias le resbalaba, porque gracias a él la selección de fútbolistas del país del sagrado corazón siempre perdía, y esta vez, no quizo absorverles el positivismo a través de la pantalla.

Más bien dedicó su rato a aprender el idioma de los gringos. ‘Porque el inglés abre puertas’, etc; idiotas, las puertas se las abre uno tocándolas, caminándolas, poniendo cara de ponqué cuando la necesidad apremia o poniendo cara de puto cuando corresponde, el resto son oportunidades que flotan. Entonces aprender inglés solo tiene dos justificaciones posibles: aprenderlo para no quedar como un imbécil cuando todo el mundo esté allí, con su sonrisita falsa, echándote la madre en un idioma cool que no entiendes; o para entender las canciones de Radiohead, como Karma Police o Weird Fishes; vaya banda, que eso si vale la pena. Y al contador de historia le resbala la gente que dice cosas de él. Así que Radiohead lo justifica. Entonces, la culpa de todo esto hay que echársela a Radiohead y a las casualidades afortunadas.

En el curso de inglés, todos, absolutamente todos los seres son falsos. Los profesores se visten con camisas naranjas y pantalones negros como si la noche de las brujitas fuera una sola temporada eterna. Y las paredes son blancas como una clínica, y llenas de papelitos de colores como un jardín de niños. Aunque en últimas es más eso, supongo, o un stand-up comedy, porque la metodología es la risa. Y por los pasillos los aprendices, balbuceando ‘where do you come from?’, ‘I’m not sad’, o ‘have you ever…?’, y lo dicen ‘evaa’, y es muy gracioso. Y así será hasta el fín de los tiempos, o hasta que la megacorporation que está detras de ellos quiebre. Que pasará antes algún tiempo, es la verdad.

Set 9. Todo en inglés obvio, pero lo escribiré en el idioma de Cervantes para no fastidiar al arriesgado lector. Sala 9. Esa noche el contador de historias entró con una coca-cola en la mano, que ya no tenía frío sino espuma, como el champagne. Solo había dos personas en la sala.

Un viejo cincuentón, emocionado porque ya medio entendía a los profesores cuando le hacían mímicas para indicarle dónde quedaba el baño. Como dos metros de altura medía el tipo, vestido con un traje de paño color caca.

-’Hey man, how u doin”?, me habló.

Del putas viejo, tuve un día de perros y los bolivianos de mierda van perdiendo. No preguntes idioteces, igual no te importa; pensé.

-’Fine, thanks’, le respondí, y acto seguido, me senté en una de esas butacas azules que no tienen espaldar.

La otra persona era una mujer. Bajita, muy bajita, 1.5m, aproximadamente, quizá exagero. Cabello negro azabache. No pude ver sus ojos porque los tenía cerrados y cantaba una canción de la que solo me acuerdo ‘premenstrual syndrome, tralalala’. Saltaba al ritmo que le imponían sus audífonos en el cómodo sillón azul, de esos que donde hay gatos se llenan de pelos hasta parecer una pelusa gigante, y por los que las señoras del servicio doméstico echan madres como si el mundo se estuviera cayendo a pedazitos en frente de sus ojos. Vestía con un uniforme azul, como de doctora, así que deduje que estudiaba medicina o que estudiaba veterinaria. Animales al fin y al cabo. Y si estaba en el circo del inglés, quería decir que algo tenía que tener en su cabeza, que apresurado soy, primera impresión que llaman. Llevaba un morral rosa, mas grande que ella. Se veía pesado, así que tenía que estudiar medicina.

Y abrió los ojos, y el mundo pareció desmoronarse de a pedazos en mis propias narices. Si tú, estimado lector, alguna vez comiste dulces de café, las descripciones sobran. Sino, entonces diré que eran grandes y con una figura que parecía delineada por el mismísimo Davinci en uno de sus tratados de anatomía. Mas oscuros en la parte exterior de la pupila, mas claros al acercarse al iris, mas hermosos que los atardeceres rosas de aquellas épocas de antaño.

El hombre, en la animalidad de su naturaleza es instintivo. El instinto hace nacer, hace crecer, hace llorar y pedir la teta de la madre. Al crecer un poco se empieza a mezclar con el capricho y nace la resistencia al cambio. Tiempo después, la cabeza se llena de moscas, aparece el uso de razón y todo se va a la mierda. Tener conciencia de la humanidad propia hace que el hombre se sienta superior los primeros años de su vida, aunque hay especímenes que nunca lo superan, como los políticos. Gracias a los políticos y a los autistas la especie humana fluye, la verdad sea dicha, pero volviendo al tema, al alcanzar la edad adulta y la madurez mental, el instinto y la sabiduría se mezclan para dar paso a las certezas de la intuición, que es un arma difícil de controlar o un refugio escabroso en su camino, como un orinar borracho.

Luego del pajaso mental y de la muy probable justificación de mi actuar posterior prosigo narrando, y lo que siguió fue muy rápido, como todo lo que seguiría luego. Ella me miró, notó que me divertía verla y me sonrío.

-¿Te molesta si me siento a tu lado?, abrí mi boca de jarro. No pude contenerme, premoniciones, premoniciones.

Ella apartó su morral y acto seguido, se sacó un audífono y lo introdujo con desdén en mi oreja. El sonido explicaba su felicidad, y yo, inmóvil, con el toro muerto y el temor a los cachos. Y llegó el advisor, camarada, salve usted la patria, que si no lo hiciere, se vendrían bombas y el primer muerto sería su servidor, el contador de historias.

Luego, la clase fué bla bla bla, que presente perfecto, que ya casi era hora del green test, que cómo se dice lechuga en inglés, me salió un verso sin esfuerzo, etc; pero ella hablaba bonito, eso lo justificó, y el señor con el traje color caca haciendo honor a sus paños, muy gracioso fue todo eso.

Pero la clase tendría que acabar, y la sosobra que volver. Y la nena de los ojos de café irse para su casa a dormir, o a leer sobre inmunología, epistemología o alguno de esos ininteligibles temas que tanto me gustan, joder, ahora noto que no pudo ser más perfecto, Radiohead, circo, payasos, brujitas y un señor con un traje color caca, y luego, o sueño o epistemología.

El primer round siempre se pierde. Lo que se puede hacer es sembrar la duda, dejar entrever el interés, apostar, que cosa mas seria esta labor que nos corresponde como hombres, toca bajarse los pantalones y dejar que la vida te de palmadas o te de patadas, ojalá lo segundo, que te empuja más lejos y no te hace sentir como un marica.

Y el contador de historias, su servidor, se bajo los pantalones, pensando en el futuro incierto, y dijo para dentro de sí: ‘vida, esta vez, mejor pateame, pero no me des más palmadas idiotas, que esta nena tiene unos ojos preciosos’.

Al terminar la clase, el contador de historias se levantó, se despidió como siempre, anormalmente, como todo el mundo. Adiós señor caca, adiós advisor, pero no de la nena ojibonita pequeñita. En vez de eso, salí rápido del salón, amagué, toqué la pelota, programé la próxima sesión de circo de inglés y caminé despacio, como esperándola, acechando, pensando en un por qué para abordarla.

Pero ella no aparecía, y mi espera comenzaba a ser evidente. Y corrí a donde mi mamá, como niño chiquito. Bueno, no corrí hacia ella, pero si la llamé por teléfono.

-Hola madre, ¿qué haces?, le dije.

No recuerdo que me respondió, pero creo que no era importante. Lo importante fue que me distrajo en mi espera.

Y depronto apareció detrás de mí, me vió, se asustó, caminó muy despacio para no tener que alcanzarme nunca y yo, pícaro, me detuve en seco y la esperé de frente. Nos saludamos casual, me preguntó si tenía un encendedor y yo no lo tenía. Las imperfecciones de la perfección. Entonces la acompañé hasta una chaza ambulante en la esquina, donde compró una cajita de chicles de canela y me la regaló, todo para poder usar el encendedor instalado en el recinto mientras yo sentía como se me retorcían hasta los tuétanos con solo pensar en el horrible sabor de los chicles de canela.
La acompañé hasta el transmilenio, que caballero. Casualmente me quedaba de camino a la celda, los astros alineados, y me dijo que se llamaba Mello. Como masmelo, como caramelo, como algo dulce de todas maneras, difícil de pronunciar en la doble ele, pero más fácil que decirle Isneria, o Rapunzel.

Le pedí el correo electrónico en una jugada arriesgada. Era allí o era nunca. La ventaja de perdir el correo electrónico y no el teléfono es que no obligas a nadie a que te responda y te ahorras dolores de cabeza. Además puedes verificar la ortografía, que eso dice mucho de la gente.

Ella se apoyó en mi pecho para escribirlo. Nunca he estado seguro si sintió mi corazón latir en ese momento, ojalá que no. Esa noche, el equipo de fútbol del país del sagrado corazón le ganó 2-0 a los bolivianos. De todas formas hoy eso ya no es muy importante.

Abril 23 de 2009.

El hombre, en la animalidad de su naturaleza es instintivo. El instinto hace nacer, hace crecer, hace llorar y pedir la teta de la madre. Al crecer un poco se empieza a mezclar con el capricho y nace la resistencia al cambio. Tiempo después, la cabeza se llena de moscas, aparece el uso de razón y todo se va a la mierda. Tener conciencia de la humanidad propia hace que el hombre se sienta superior los primeros años de su vida, aunque hay especímenes que nunca lo superan, como los políticos. Gracias a los políticos y a los autistas la especie humana fluye, la verdad sea dicha; pero volviendo al tema, al alcanzar la edad adulta y la madurez mental, el instinto y la sabiduría se mezclan para dar paso a las certezas de la intuición, que es un arma difícil de controlar o un refugio escabroso en su camino, como orinar borracho.

Es salir disparado fuera de si, actuar sin pensar, pensar sin actuar.

Hacer por hacer, dañar por dañar, amar por amar, odiar porque si y vivir por accidente.

Entropía es cuando nace alguien nuevo, cuando muere alguien viejo, cuando muere alguien nuevo, cuando alguien nuevo no le cree a alguien viejo, envejecer, nacer, vivir, aprender, enseñar, morir, enseñar, morir sin eseñar y vivir sin crear.

Entropía es cuando el aire se mueve, cuando el agua corre sin control con la piel al chocar con el agua, con la corbata, con los botones de la camisa, cuando el agua corre limpia por la cañería, cuando el río se seca, cuando la flor se marchita, cuando llueve sin parar y todo el mundo corre contra la corriente, cuando crece la barba, cuando se cae la barba, cuando la música perturba, cuando la rabia aflora, cuando el amor se acaba.

Es la inevitable consecuencia de la perfección.

A mi me persigue, a veces me alcanza y me sofoca y justo cuando me va a matar, me deja ir para que le huya otro ratico, y luego me ataca otra vez, etc.

Yo puedo ver tu mirada cuando estas dormida, cuando la luz tenue te acaricia mientras te sueñas entre nubes y pegasos, y al fondo un piano que recuerda postales que vendrán de lejos otro día. Yo puedo tocar tu cabello en la distancia mientras duermes, visitarte incógnito y pararme al pié de tu ventana. Yo puedo ver como entre tus sueños los pegasos te arrancan sonrisas y las nubes hacen crispar tu piel, puedo ver como al volar tu cabello ondula mientras una sola hebra se enreda en tu cara. Y luego me voy.

Te dije que mie iría a dormir, pero no lo he hecho.

José Daniel Paternina

Es escritor aficionado, fotografo new-wave y estudiante de ingeniería de sistemas.

Sígueme en Twitter
@josedaniel