
Así comienza siempre, una hoja en blanco. Comienza así cuando el contador de historias no escribe para que le lean sino porque si, que tragedia, la enfermedad del escritor. Para esto se han inventado terapias, talleres, cursos de estimulación de la creatividad, bah, lo único que se necesita es un cuento que contar y un motivo que le estimule la cabeza, ojalá. Así que esta será la historia de la mujer de la que el contador de historias se enamoró.
La historia comienza un 2 de abril, en la ciudad fría y gris a la que llaman Bogotá. Eran las 8 de la noche y por la televisión pasaban fútbol. Toda la prole emocionada, porque el equipo nacional le ganaba 1-0 a un cerro de fanfarrones bolivianos. Y a el contador de historias le resbalaba, porque gracias a él la selección de fútbolistas del país del sagrado corazón siempre perdía, y esta vez, no quizo absorverles el positivismo a través de la pantalla.
Más bien dedicó su rato a aprender el idioma de los gringos. ‘Porque el inglés abre puertas’, etc; idiotas, las puertas se las abre uno tocándolas, caminándolas, poniendo cara de ponqué cuando la necesidad apremia o poniendo cara de puto cuando corresponde, el resto son oportunidades que flotan. Entonces aprender inglés solo tiene dos justificaciones posibles: aprenderlo para no quedar como un imbécil cuando todo el mundo esté allí, con su sonrisita falsa, echándote la madre en un idioma cool que no entiendes; o para entender las canciones de Radiohead, como Karma Police o Weird Fishes; vaya banda, que eso si vale la pena. Y al contador de historia le resbala la gente que dice cosas de él. Así que Radiohead lo justifica. Entonces, la culpa de todo esto hay que echársela a Radiohead y a las casualidades afortunadas.
En el curso de inglés, todos, absolutamente todos los seres son falsos. Los profesores se visten con camisas naranjas y pantalones negros como si la noche de las brujitas fuera una sola temporada eterna. Y las paredes son blancas como una clínica, y llenas de papelitos de colores como un jardín de niños. Aunque en últimas es más eso, supongo, o un stand-up comedy, porque la metodología es la risa. Y por los pasillos los aprendices, balbuceando ‘where do you come from?’, ‘I’m not sad’, o ‘have you ever…?’, y lo dicen ‘evaa’, y es muy gracioso. Y así será hasta el fín de los tiempos, o hasta que la megacorporation que está detras de ellos quiebre. Que pasará antes algún tiempo, es la verdad.
Set 9. Todo en inglés obvio, pero lo escribiré en el idioma de Cervantes para no fastidiar al arriesgado lector. Sala 9. Esa noche el contador de historias entró con una coca-cola en la mano, que ya no tenía frío sino espuma, como el champagne. Solo había dos personas en la sala.
Un viejo cincuentón, emocionado porque ya medio entendía a los profesores cuando le hacían mímicas para indicarle dónde quedaba el baño. Como dos metros de altura medía el tipo, vestido con un traje de paño color caca.
-’Hey man, how u doin”?, me habló.
Del putas viejo, tuve un día de perros y los bolivianos de mierda van perdiendo. No preguntes idioteces, igual no te importa; pensé.
-’Fine, thanks’, le respondí, y acto seguido, me senté en una de esas butacas azules que no tienen espaldar.
La otra persona era una mujer. Bajita, muy bajita, 1.5m, aproximadamente, quizá exagero. Cabello negro azabache. No pude ver sus ojos porque los tenía cerrados y cantaba una canción de la que solo me acuerdo ‘premenstrual syndrome, tralalala’. Saltaba al ritmo que le imponían sus audífonos en el cómodo sillón azul, de esos que donde hay gatos se llenan de pelos hasta parecer una pelusa gigante, y por los que las señoras del servicio doméstico echan madres como si el mundo se estuviera cayendo a pedazitos en frente de sus ojos. Vestía con un uniforme azul, como de doctora, así que deduje que estudiaba medicina o que estudiaba veterinaria. Animales al fin y al cabo. Y si estaba en el circo del inglés, quería decir que algo tenía que tener en su cabeza, que apresurado soy, primera impresión que llaman. Llevaba un morral rosa, mas grande que ella. Se veía pesado, así que tenía que estudiar medicina.
Y abrió los ojos, y el mundo pareció desmoronarse de a pedazos en mis propias narices. Si tú, estimado lector, alguna vez comiste dulces de café, las descripciones sobran. Sino, entonces diré que eran grandes y con una figura que parecía delineada por el mismísimo Davinci en uno de sus tratados de anatomía. Mas oscuros en la parte exterior de la pupila, mas claros al acercarse al iris, mas hermosos que los atardeceres rosas de aquellas épocas de antaño.
El hombre, en la animalidad de su naturaleza es instintivo. El instinto hace nacer, hace crecer, hace llorar y pedir la teta de la madre. Al crecer un poco se empieza a mezclar con el capricho y nace la resistencia al cambio. Tiempo después, la cabeza se llena de moscas, aparece el uso de razón y todo se va a la mierda. Tener conciencia de la humanidad propia hace que el hombre se sienta superior los primeros años de su vida, aunque hay especímenes que nunca lo superan, como los políticos. Gracias a los políticos y a los autistas la especie humana fluye, la verdad sea dicha, pero volviendo al tema, al alcanzar la edad adulta y la madurez mental, el instinto y la sabiduría se mezclan para dar paso a las certezas de la intuición, que es un arma difícil de controlar o un refugio escabroso en su camino, como un orinar borracho.
Luego del pajaso mental y de la muy probable justificación de mi actuar posterior prosigo narrando, y lo que siguió fue muy rápido, como todo lo que seguiría luego. Ella me miró, notó que me divertía verla y me sonrío.
-¿Te molesta si me siento a tu lado?, abrí mi boca de jarro. No pude contenerme, premoniciones, premoniciones.
Ella apartó su morral y acto seguido, se sacó un audífono y lo introdujo con desdén en mi oreja. El sonido explicaba su felicidad, y yo, inmóvil, con el toro muerto y el temor a los cachos. Y llegó el advisor, camarada, salve usted la patria, que si no lo hiciere, se vendrían bombas y el primer muerto sería su servidor, el contador de historias.
Luego, la clase fué bla bla bla, que presente perfecto, que ya casi era hora del green test, que cómo se dice lechuga en inglés, me salió un verso sin esfuerzo, etc; pero ella hablaba bonito, eso lo justificó, y el señor con el traje color caca haciendo honor a sus paños, muy gracioso fue todo eso.
Pero la clase tendría que acabar, y la sosobra que volver. Y la nena de los ojos de café irse para su casa a dormir, o a leer sobre inmunología, epistemología o alguno de esos ininteligibles temas que tanto me gustan, joder, ahora noto que no pudo ser más perfecto, Radiohead, circo, payasos, brujitas y un señor con un traje color caca, y luego, o sueño o epistemología.
El primer round siempre se pierde. Lo que se puede hacer es sembrar la duda, dejar entrever el interés, apostar, que cosa mas seria esta labor que nos corresponde como hombres, toca bajarse los pantalones y dejar que la vida te de palmadas o te de patadas, ojalá lo segundo, que te empuja más lejos y no te hace sentir como un marica.
Y el contador de historias, su servidor, se bajo los pantalones, pensando en el futuro incierto, y dijo para dentro de sí: ‘vida, esta vez, mejor pateame, pero no me des más palmadas idiotas, que esta nena tiene unos ojos preciosos’.
Al terminar la clase, el contador de historias se levantó, se despidió como siempre, anormalmente, como todo el mundo. Adiós señor caca, adiós advisor, pero no de la nena ojibonita pequeñita. En vez de eso, salí rápido del salón, amagué, toqué la pelota, programé la próxima sesión de circo de inglés y caminé despacio, como esperándola, acechando, pensando en un por qué para abordarla.
Pero ella no aparecía, y mi espera comenzaba a ser evidente. Y corrí a donde mi mamá, como niño chiquito. Bueno, no corrí hacia ella, pero si la llamé por teléfono.
-Hola madre, ¿qué haces?, le dije.
No recuerdo que me respondió, pero creo que no era importante. Lo importante fue que me distrajo en mi espera.
Y depronto apareció detrás de mí, me vió, se asustó, caminó muy despacio para no tener que alcanzarme nunca y yo, pícaro, me detuve en seco y la esperé de frente. Nos saludamos casual, me preguntó si tenía un encendedor y yo no lo tenía. Las imperfecciones de la perfección. Entonces la acompañé hasta una chaza ambulante en la esquina, donde compró una cajita de chicles de canela y me la regaló, todo para poder usar el encendedor instalado en el recinto mientras yo sentía como se me retorcían hasta los tuétanos con solo pensar en el horrible sabor de los chicles de canela.
La acompañé hasta el transmilenio, que caballero. Casualmente me quedaba de camino a la celda, los astros alineados, y me dijo que se llamaba Mello. Como masmelo, como caramelo, como algo dulce de todas maneras, difícil de pronunciar en la doble ele, pero más fácil que decirle Isneria, o Rapunzel.
Le pedí el correo electrónico en una jugada arriesgada. Era allí o era nunca. La ventaja de perdir el correo electrónico y no el teléfono es que no obligas a nadie a que te responda y te ahorras dolores de cabeza. Además puedes verificar la ortografía, que eso dice mucho de la gente.
Ella se apoyó en mi pecho para escribirlo. Nunca he estado seguro si sintió mi corazón latir en ese momento, ojalá que no. Esa noche, el equipo de fútbol del país del sagrado corazón le ganó 2-0 a los bolivianos. De todas formas hoy eso ya no es muy importante.
Abril 23 de 2009.