
Soy un roble de monte y esta es la historia de cómo me enamoré de Alexandra, una gata persa que venía de vez en cuando.
Un día, después de florecer, Alexandra la gata persa se me acercó. ¿Qué haces, gata?, quise preguntarle. Ella, con poca prudencia y mucha decisión sacó de sus patas un juego de garras, y con muy poco decoro, me rasgo. Una vez, dos veces, tres veces, ya no se cuantas, pero fueron muchas. Fue algo nuevo para mí. Nunca me había arañado una gata. Me han orinado perros, eso sí, y hasta me han golpeado carpinteros agresivos, pero nunca me había arañado una gata.
Una tarde, Alexandra la gata persa, volvió. Esta vez no venía sola. Detrás de ella había una manada de gatos sedientos, cegados por la necesidad natural de conservar sus genes en la historia natural del planeta. Eran muchos. La gata indefensa, sin saber que hacer, corrió y huyó entre los matorrales. Pero en la noche regresó. La vi venir despacio, celando su espacio, vigilando cada salto mientras que de salto en salto se acercaba a mí. Y seguro pasaría de largo, pensé. Pero algo la hizo quedarse a dormir en mis ramas, en una noche espléndida. El viento de la noche con suavidad arrancaba de mis ramas las flores que de mi se desprendían, rosa pálido, mientras Alexandra, con su pelambre blanco y brillante ronroneaba disfrutando de su calma.
Al amanecer, Alexandra despertó entre mis ramas. Se estiró, abrió sus ojos y me mostró su bocaza abierta de par en par, para luego sentarse. Supe que Alexandra sería la criatura más audaz que conocería en mi vida cuando noté que se quedó quieta, depie en una de mis ramas, pero congelada cual glaciar del polo. No hacía movimiento, no musitaba sonido. Hasta el viento le temía, y ni siquiera su pelaje se movía ya. El silencio reinó mientras sus pupilas rasgadas se movían con cuidado hacia un nido cercano. Estuvo paralizada por más de un minuto cuando de pronto cual resorte saltó y más rápido que el rayo tenía en su boca un pájaro rojo que no tendría tiempo ni de saber qué se lo comió. Pobre pájaro.
La gata persa se fue. Estuvo lejos de mí por algún tiempo, hasta que volví a florecer. Entonces regresó, tal como la recordaba, predadora seductora. Confirmé que le gustaba mi follaje rosa cuando se quedó a dormir conmigo nuevamente. Pero a media noche, sucedió algo inesperado.
Creo que yo los escuché primero. El viento nocturno trajo a mí los maullidos de bestias feroces, como yo, hijas del monte, gatos que en su vida habían visto gata tan fina como Alexandra, con la balsamina en los cachos aún, cercanos, como demonios, vigilantes y con sus perlas amarillas que los delataban cada vez que la luna se escapaba del abrazo de las nubes; y cada vez que la luna salía los veía mas cerca. Quise despertar a Alexandra antes de que llegaran, pero ya era tarde.
La jauría de gatos del monte estuvo frente a mí muy rápido. Quise defender a mi Alexandra, pero mis ramas no fueron suficientes para darle escondite. Pronto un gato, dos, tres, se abalanzaron sobre mí y saltaron ágilmente hasta el escondite de mi amada, que muerta del susto lucho con sus garras hasta que el número y la fuerza de los gatos le ganó.
La escuche sufrir, la pude sentir en su agonía mientras esos animales indignos la violentaban, uno tras otro, ni con la más mínima idea de decencia corriendo por sus instintos mientras enloquecidos saboreaban su festín. Los maullidos de desesperación de mi Alexandra hacían que mis raíces quisieran desprenderse de la tierra que me da de comer, pero en vano esa noche fui más grande que mis enemigos y me tuve que tragar mi orgullo de roble de monte.
Cuando hubieron acabado, la ahora triste Alexandra se alejó de mi jadeante, y sin mirar atrás se fue para jamás volver a dormir bajo mis ramas y para jamás hacerme sentir de nuevo su protector. Pobre de mí que me quedé sin mi gata persa, y pobre de ella, pobre Alexandra.
Cereté, Enero de 2009.


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