
Claro que si no sabe leer, no sabe escribir. Elemental, esa debe ser una lección de nunca olvidar para un escritor. De eso depende, en el mejor de los casos, la salud mental del lector. Sino, se aburre.
Entonces, estimado lector, sin el ánimo de predisponerte, es bueno que sepas que hace mas de un año que no leo un texto de mas de quince cuartillas de extensión.
En parte por miedo, en parte por pereza. No he hecho sino escribir, y con el tiempo más y peor.
Ideas me han sobrado. A veces he pensado en cosas llenas de vericuetos que se me podrían enredar entre las manos para desembocar en palabras tan o mas retorcidas que las ideas que le dan vida. Tambien he conocido gente tan interesante, o tan poco interesante, que merece al menos un relato, si no una biografía completa. Pero por esas cosas de la vida nunca he tenido el valor de escribirlas.
La última vez que pensé en lo que podría ser un interensante tema que justificara la gastadera de tinta, se me ocurrió que nada importa.
Mi argumento para sostener semejante barbarismo, pensará el lector que lo es, será simple en la medida en la que se entienda la dimensión de la muerte, una que lo es todo hasta que nacemos, descansa mientras vivimos, y que vuelve a despertar a la hora del deceso. Inclusive lo que se hace en vida, o lo que otros hicieron en vida, deja de interesar cuando la vida se va.
En ese limbo de desinterés cuya única y melancólica pausa comienza con llanto y terminará con llanto, el único regocijo se llama esperanza y toma un significado diferente de persona a persona, de edad a edad, de situación a situación.
Ese es un tema espinoso y lleno de remiendos. La última vez que hablé de la esperanza dije que era producto de un motivo y puse a la religión como ejemplo. Dije que la única utilidad que tenía la fé era la de dar esperanza. Esperanza, fé, que el mundo cambiará, que los hombres cambiaremos, todo en futuro. Dije que eso convertía entonces a la religión en un placebo de las masas. Y lo hice en el lugar equivocado, lo cual me dolió, pero no me retracto.
Un placebo, definido en términos nada médicos es algo así como una mentira disfrazada de verdad que busca cumplir con una responsabilidad que no le toca, que se autoimpone un firme contrato social del cual no tiene ninguna obligación que cumplir.
Es lo que los médicos le entregan a los enfermos que no saben lo que tienen, a veces una pepita que solo tiene colorante rojo, a veces solo agua, una palmadita en la espalda. Es el agua bendita del bautismo, algo que está allí, pero no está. Mera percepción.
Un interensante ejemplo de placebos podrían ser las mismísimas relaciones humanas. Que tire la primera piedra aquel hombre que en pleno siglo XXI diga que estudia abogacía para volverse político para ayudar a la gente y así establecer una saludable relación ayudante-ayudado. O un médico que diga que aún conserva su vocación de salvar vidas por encima de la suya propia. Hasta el más inocente de los adolescentes, hasta el más romanticón de los poetas estará deacuerdo conmigo en que cada vez que decidió enamorarse lo hizo, en primera instancia, para satisfacer el deseo propio, para abandonar la masturbación o al menos para saber que se sentía el amor. La definición coloquial de amor lo pone en un plano que implica el todo por el todo, es un placebo, la definición es un placebo. Lo único real es el amor propio, el amor filial y, ojalá, el mal llamado ‘amor de la vida’ que casi siempre nisiquiera llega.
Continuará. Probablemente.